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El ciclo de los aventureros

aventurero 

Por Jorge Rendón Vásquez - Profesor Emerito de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos

Al finalizar la década del ochenta del siglo pasado, nuestros país ingresó a un ciclo político dominado por los aventureros, a los que podría caracterizarse como políticos improvisados, arribistas o advenedizos, lanzados a competir por la Presidencia de la República y los asientos parlamentarios, con el apoyo de grupos constituidos para ello, y esgrimiendo programas de vago contenido, descompuestos en lugares comunes sobre la situación económica, y difusas promesas de mejoras, dirigidas sobre todo a los electores de más bajos ingresos y formación. Estos personajes, salidos de las clases altas y medias, tientan el caudillismo como carrera profesional y, de llegar al poder político, gobiernan manteniendo la intangibilidad del sistema económico, reforzando la explotación de los trabajadores y olvidando las promesas con las que se encumbraron, que nunca tuvieron la intención de cumplir.

Su medio es la democracia —sistema de gobierno del pueblo para el pueblo—, resultante de la igualdad ante la ley, por la cual los ciudadanos tienen el derecho de conformar los órganos de gobierno de la sociedad, eligiendo a sus miembros y pudiendo ser elegidos. Por el gran número de ciudadanos, aun en las localidades pequeñas, se ha creado el sistema de agrupación voluntaria de los ciudadanos en colectividades cuyo fin es proponer a los candidatos a ser elegidos. Estas colectividades son los partidos políticos que, en casi todos los países con igualdad ante la ley, están legitimados para ejercer esa función, habida cuenta de llenar ciertos requisitos. Sucede así también en el nuestro, en el que, por la Constitución Política, “Los ciudadanos pueden ejercer sus derechos individualmente o a través de organizaciones políticas, como partidos, movimientos o alianzas, conforme a ley. Tales organizaciones concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular. Su inscripción en el registro correspondiente les concede personalidad jurídica.” (art. 35º).

En los países más desarrollados económica, social, cultural y políticamente, con sistemas de gobierno democrático, los partidos políticos son entidades con ideología, programas, organización y financiamiento por sus miembros. Muchos de ellos surgieron en el siglo XIX y poseen, por lo tanto, una larga tradición enraizada en su experiencia electoral y de gobierno. Su ideología y programa se proponen la promoción y defensa de los intereses de la clase social, o de un grupo dentro de ésta, a la que sus miembros pertenecen, quienes acatan la disciplina y decisiones internas, como un comportamiento normal y como la condición de su pertenencia al partido. Por supuesto, siendo más cuantioso el financiamiento de los partidos de las clases propietarias, sus posibilidades de propaganda, proselitismo y repercución en la población electoral son mayores que las de los partidos conformados por una mayoría de trabajadores.

En nuestro país, no hemos experimentado un proceso de organización y plasmación de los partidos políticos semejante al descrito. En su mayor parte han sido agrupaciones temporales o de miembros migrantes, reunidos en torno a un caudillo o aspirante a caudillo y motivados por la expectativa de llegar a algún cargo en los poderes del Estado, comenzando por la Presidencia de la República. Muchas han sido creadas en círculos de familia o de amigos de las clases propietarias, para las cuales el ejercicio del poder político es una prolongación natural de su poder económico. Son los partidos o movimientos denominados de derecha. Entre éstos se distingue el Partido Popular Cristiano que, como su antecedente el Partido Democrata Cristiano, fue una emanación de la Iglesia Católica, con la ideología de los partidos homólogos de otros países, encaminada a preservar el capitalismo, frente a los partidos comunistas y socialistas. Este partido no ha llegado, sin embargo, a captar la adhesión de los más vastos grupos populares, que consideran a la Iglesia Católica como el lugar donde van a reencontrar al Dios en el que creen y no a ser manipulados políticamente desde el púlpito. Incluso el Partido Aprista, que se dio también una inicial base ideológica, se organizó en torno a un caudillo, y luego se estabilizó como una organización que, aventajando a los otros partidos de derecha, adquirió mucha práctica en las elecciones, tanto para conformar los órganos del Estado como los de entidades privadas, en los que existe la expectativa de manejar recursos económicos, hacerse de cargos o empleos y comercializar influencia. Los partidos políticos de inspiración socialista, obnubilados por sus ideologías de distante realización, han tendido a sobreponerlas a sus elementales planteamientos de gobierno, que no han llegado a despertar el interés ni la confianza de los electores a los que se dirigen; tampoco se han librado del caudillismo, heredado de los ancestros feudales de muchos de sus dirigentes y exteriorizado como soberbia y resistencia a la disciplina interna.

El fenómeno de los aventureros se inserta en la vida política de nuestro país amparada en la disposición constitucional citada y en una propicia legislación sobre los partidos políticos. Para la inscripción de alguno se requiere un acta de fundación, un estatuto y la relación de los adherentes, que deben llegar a no menos del 3% de los ciudadanos que sufragaron en las últimas elecciones (algo más de 600,000 adherentes), con la indicación de su número de DNI y su firma (Ley 28094, arts. 5º, 7º). No interesa cómo se obtuvieron las firmas, ni si los llamados adherentes están imbuidos de la ideología y del programa del partido o, siquiera, si leyeron el acta de fundación y el estatuto. Tampoco importa si han firmado ya por otros partidos políticos. El Registro Nacional de Identificación y Estado Civil (RENIEC) se limita a verificar la autenticidad de las firmas. Como es público y notorio, los simpatizantes o los empleados del partido político en ciernes se largan a las calles y plazas a recoger las firmas de cuanta persona quiera hacerlo, aun mediando un pequeño estipendio; y no es raro que los más desvergonzados acudan a la falsificación de firmas al abrigo de la corrupción administrativa y judicial. Inscrito el partido, goza del derecho de postular a sus candidatos en las elecciones nacionales, regionales y municipales y, si le conviene, también puede vender las plazas de candidatos. Esta manera formal de nacer de los grupos aventureros, vacíos de lo que en el derecho societario se denomina la afectio societatis, o la intención y el apego a la entidad de los firmantes, quienes en la práctica carecen de deberes y derechos, lo que podría ser su cuerpo exterior, se completa con su oportunismo, o su alma, lo que va dentro de ese cuerpo, el contraste entre sus proyectos y promesas y su ulterior sometimiento a los grupos de gran poder económico de llegar a los Poderes Ejecutivo y Legislativo. Observados en el plano sociológico, aparecen en buena medida estimulados por la desconfianza de la mayoría de electores en los partidos de izquierda y su correlativa aspiración a ser representados por candidatos portadores de opciones de cambio y con la posibilidad de abrirse camino hacia el éxito. Aunque, por su reducida o nula educación o conciencia política, muchos votantes de las clases populares se dejan seducir por la propaganda de los candidatos de derecha, otro grupo se sensibiliza con la prédica de los candidatos arribistas y vota por ellos con la esperanza de lograr algunas reivindicaciones y limpiar a los órganos de gobierno de la corrupción o simplemente por la simpatía que les suscitan.

El análisis de la eclosión y la manera de operar de los candidatos y grupos aventureros demuestra que se trata de conjuntos con caracteres diferenciados.

  En el proceso electoral de 1989 y 1990, los más notorios candidatos, exponentes de este nuevo contingente por sus antecedentes y lo que resultó después, fueron un novelista y un ingeniero agrario.

El novelista, Mario Vargas Llosa, precedido por un desbordante éxito publicitario y sintiéndose llamado por los dioses del egotismo, recibió el exequátur de los Think Tanks del capitalismo internacional a los que servía con sus artículos bien pagados, laudatarios del neoliberalismo y condenatorios de cuanta manifestación de justa rebeldía se encendía en el mundo. Le pusieron como surtidor ideológico a la ONG Libertad y Democracia, desbordada de dinero, para que le elaborase el proyecto de gobierno. Los desgastados partidos de derecha (AP y Popular Cristiano) tuvieron que someterse al nouveau venu, cuya millonaria campaña pagaban los grupos de más elevado poder económico, con la seguridad de lograr un triunfo aplastante.

El ingeniero y profesor de la Universidad Agraria, Alberto Fujimori Fujimori, quien había sido rector de ésta, era hasta ese momento un don nadie en la política. Basó su campaña en la promesa de acabar con la inflación galopante desencadenada por el gobierno aprista y en una cerrada oposición al programa neoliberal de su contrincante. La financió con el dinero de su familia y de algunos seguidores.

Contra todos los pronósticos, este ingeniero comenzó a subir en las encuestas, hasta colocarse en el segundo lugar, aunque muy lejos del novelista.

Realizadas las elecciones, ganó el novelista con el 32.6% de los votos válidos; y quedó en segundo lugar el ingeniero con el 29.2%; siguieron, en el tercero, el candidato aprista con el 22.5%; en el cuarto, el candidato de Izquierda Unida, Henry Pease García, con el 8.2%; y en el quinto, el candidato de Izquierda Socialista, Alfonso Barrantes Lingán, con el 4.7%. Los otros cuatro candidatos fueron del 1.3% al 0.1%.

Decepcionado por su magra ventaja sobre quien le seguía, Mario Vargas Llosa lo buscó y le ofreció renunciar a cambio de que adoptase su programa. Pero tuvo que dar marcha atrás, presionado por su familia, y someterse a la segunda vuelta, pese a su convencimiento de que los votos de sus rivales se volcarían hacia Fujimori, como que así fue. Éste ganó con el 62.4%, en tanto que Vargas Llosa obtuvo sólo el 37.6%.

Ya se sabe lo que hizo y no hizo Fujimori en el poder. Gobernó con los grupos del dinero que apoyaron a Vargas Llosa, quienes lo indujeron al golpe de Estado del 5 de abril de 1992, y se quedó hasta noviembre del año 2000, luego de hacerse reelegir dos veces.

En el proceso electoral de 2001, tras la fuga del país de Fujimori, se presentaron como candidatos a la Presidencia de la República otros advenedizos, en disputa con los candidatos de los dos grupos estables venidos a menos: Alan García del Partido Aprista y Lourdes Flores de la coalición derechista Unidad Nacional. La izquierda había desaparecido del panorama electoral.

En primera vuelta triunfó, Alejandro Toledo, un profesional formado en Estados Unidos, quien había ganado popularidad en varias manifestaciones contra Fujimori y contaba con el discreto apoyo de varios grupos de alto poder económico. Obtuvo el 36.51% de los votos válidos. En segundo lugar salió Alan García con el 25.77%, desplazando a Lourdes Flores que llegó al 24.30%.

En segunda vuelta, se impuso Alejandro Toledo con el 52.71%.

Su gobierno fue completamente procapitalista sin ninguna concesión a los trabajadores y otros sectores de bajos ingresos. Como él mismo lo dijo: Fujimori había puesto el primer piso y él pondría el segundo. Sus promesas a la mayoría que lo había llevado a la Presidencia fueron archivadas.

En las elecciones de 2006, se arrojaron al ruedo a tentar fortuna otros aventureros, junto a los candidatos del Partido Aprista, Alan García, y de la alianza Unidad Nacional, Lourdes Flores. Ollanta Humala, uno de aquéllos, se fue perfilando con más posibilidades en la preferencia de los votantes por sus promesas de algunos cambios económicos favorables a los grupos de ingresos más bajos. Confirmando esta tendencia, Humala alcanzó el primer puesto con el 30.62% de los votos válidos; en segundo lugar llegó Alan García con el 24.32%; y en tercero, Lourdes Flores con el 23.81%. Los demás candidatos fueron del 7.43% (Martha Chávez del fujimorismo) hasta el 0.069%. Los candidatos de izquierda no recibieron en conjunto ni el 1%.

Fue evidente que los votos que antaño iban a la izquierda se trasladaron a Ollanta Humala. Alan García prometió a los trabajadores devolverles sus derechos como la táctica que le daría una ventaja aunque fuera mínima para ganarle a Lourdes Flores y pasar a la segunda vuelta, y lo logró.

Los resultados en la segunda vuelta eran una incógnita. Los dos candidatos se empeñaron a fondo en sus ofertas. Los grupos de gran poder económico no escatimaron su apoyo a Alan García, temiendo el triunfo de Ollanta Humala. Y, entonces, entró a tallar el novelista desengañado, como si hubiera recibido la orden de hacerlo, recomendando votar por Alan García. En la práctica, el novelista fue el gran elector. Ganó Alan García con el 52.62 por ciento de los votos válidos, frente a Ollanta Humala que obtuvo el 47.37%.

El gobierno de Alan García puso el tercer piso de la política económica neoliberal que había comenzado Fujimori. Sus promesas a los trabajadores fueron dar al basurero.

Y llegaron las elecciones de 2011 que fue otro concurso de aventureros. Se presentó de nuevo Ollanta Humala, con el apoyo de varios grupos izquierdistas, con exiguas posibilidades en las preferencias del electorado al comienzo de la campaña. Ebria de triunfalismo, la derecha, se dividió entre cuatro candidatos. El resultado de la primera vuelta fue sorpresivo: ganó Ollanta Humala con el  31.72% de los votos válidos, siguiéndole Keiko Fujimori con el 23.56%.

Para los grupos de poder económico, Ollanta Humala significaba un serio peligro por sus promesas, la composición de su improvisado partido con cierto tinte populista y la cooperación de algunos grupos de izquierda. Alejandro Toledo y su grupo apoyaron a Humala, y los otros dos candidatos de la derecha a Keiko Fujimori, con lo cual quedaban casi empatados, según las encuestas. Y, de nuevo, ante la incertidumbre del resultado en las urnas, se hizo presente el gran elector, quien no podía perderse esta rara ocasión de vengar su derrota de 1990, cargando el peso de la balanza electoral contra la hija de su rival aquel año. Llegó con su medalla del Premio Nobel, sus credenciales de embajador mediático del neoliberalismo y su blasón de marqués (seguramente de Characato, puesto que los nobles lo son de alguna circunscripción territorial, como exponentes del feudalismo), y se acercó a Ollanta Humala, lo abrazó y le brindó su adhesión. En ese momento, quienes apoyaban a este candidato desde antes, sin ser necesariamente de su partido, no se preguntaron por el precio de ese respaldo de última hora, puesto que de lo que se trataba era de que ganara, confiando en que honraría sus promesas. Humala se impuso, finalmente, en la segunda vuelta, con el 51.45% de los votos válidos, luego de una campaña en la que muchos de sus partidarios y simpatizantes convencieron uno a uno a numerosos indecisos. Keiko Fujimori obtuvo el 48.55%, logrado con un fabuloso dispendio en propaganda.

La política de Ollanta Humala en el gobierno viene confirmando la regla rectora de los grupos de aventureros. Su administración se inclina por completo a favorecer al capitalismo; les ha conferido los cargos más importantes en el gobierno, y sus decisiones, orientadas a promover y cuidar sus intereses, se complementan con una drástica manera de enfrentar las manifestaciones populares que ha causado ya más de veinte de muertes. La mayor parte de ciudadanos que votaron por él en la primera vuelta y quienes lo acompañaron en la segunda, esperanzados en una conducción económica y social equilibrada que empiece a darles mayor participación en la riqueza creada, se siente abandonada, frustrada o traicionada, una situación que la propaganda mediática y las sonrisas serán incapaces de revertir.

En mi artículo sobre la ilusión absurda de conseguir una Ley General del Trabajo patronal, acariciada por las cúpulas sindicales, que circuló mucho por internet y fue publicada también por el diario La Primera el 9/10/2011, cuando el viraje total hacia la derecha del nuevo Presidente de la República no se había producido aún, decía: “Luego de la primera vuelta, el apoyo al candidato nacionalista se convirtió en un deber cívico de los trabajadores para impedir el triunfo de la hija del dictador Fujimori, apoyada por la derecha ultramontana y su poder mediático. Y este candidato ganó en segunda vuelta, con una ventaja de 2.9%. Tras anunciarse el resultado oficial de las elecciones, el panorama político del país cambió cualitativamente para los trabajadores. Con su permanencia asegurada en el Poder Ejecutivo y en el Congreso de la República por los cinco años siguientes, a ciertos dirigentes y representantes del Partido Nacionalista cesó de serles necesario el apoyo de los trabajadores. Más importantes para ellos son los empresarios, con cuyos exponentes teóricos y prácticos han constituido un cogobierno de hecho.”

La pregunta que surge del análisis del panorama político nacional es si sería posible cerrar el ciclo de los aventureros, originado por la ausencia de un movimiento de izquierda con una ideología nacional de liberación de la necesidad y de respeto a los derechos humanos, sólidamente organizado y con planteamientos de gobierno, integrales, y solventes técnica y socialmente. En otras palabras, la comprensión de este fenómeno parecería ser la condición para estructurar un movimiento político trascendente.

(10/9/2012)

 

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